«…un hombre apenas, que ataca el miedo en su garganta»*

Licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Salamanca y formado en Valencia en edición y postproducción de vídeo así como en desarrollo y diseño web, soy reclutado como director de arte junior en Madrid. Allí, durante cuatro años, me dedico al tiroteo indiscriminado en agencias de publicidad al tiempo que participo en diversos proyectos expositivos y editoriales. Llegado el momento, la objeción de conciencia me empuja a huir, y la huída, como toda que se precie, a una isla. Me mudo a Tenerife, donde empleo dos años en la práctica de un austero hedonismo basado en la amistad, periódicos baños de sol y agua salada, y el cuidado de una encantadora nonagenaria, alimento todo ello de una fértil actividad dibujística. Finalmente, tras un periplo que incluyó una larga estancia en Uruguay y un nuevo paso por Madrid para realizar un máster oficial en Filosofía de la Historia (UAM), que enriqueció el trasfondo filosófico-político de mi obra, regreso a Salamanca. Y es allí, en la monumental ciudad de la picaresca, donde las artes de la restauración de antigüedades y de la vidriera me tentaron, donde acabo trabajando de tendero en aquel comercio que recorriera, quince años atrás, en búsqueda de azul cobalto y otras vanidades.

 

Obviando todos los proyectos de diseño y comunicación en los que me he visto implicado, así como algunas piezas de escultura, pintura y vidriera, campos todos ellos en los que me considero diletante, destacaría de entre mi obra las técnicas mixtas sobre papel y cierto número de interesantes ilustraciones vectoriales. Aunque, sin lugar a dudas, el dibujo reunido hasta la fecha en más de 70 cuadernos de 14×14 centímetros, realizado exclusivamente con un bolígrafo de tinta líquida negra, es la parte viva de mi obra que considero más importante; paradójicamente, o acaso naturalmente, también es aquella que menos ha sido mostrada.

 


* Extraído del texto de la canción «Identidad», de Daniel Viglietti.

«Sarna y gusto»

El puente salva el precipicio sin ocultarlo, se erige como una resistencia racional contra el vacío y la distancia denunciando, a su vez, el optimismo sin fronteras. No existe el sueño de la construcción del puente sin el sueño de las manos del obrero.

 

«Yo era rígido y frío, yo era un puente tendido sobre un abismo, a este lado estaban clavadas las puntas de mis pies y al otro las manos, me aferraba con los dientes a la arcilla quebradiza.»1

 

Así ofrezco este sitio, como una espalda cargada de esperanza y hartazgo, como una forma imprecisa de amor y rabia. Bienvenido el transeúnte despierto, al que acaso pueda acompañar en el cruce del puente, sin ánimo de engaño ni fingida neutralidad, con un puñado de preguntas sustanciales y algún que otro germen de respuesta.

 


1. Franz Kafka, en «El puente», en La muralla china, Trad.: Adan Kovacsics, ed. Alianza Editorial, 2015, p. 114.

Hablemos

Si tienes interés en saber algo más de mi currículo o mi obra, puedes ponerte en contacto conmigo en santamariava@gmail.com.

 

Igualmente, si el tono de mi trabajo te sugiere una colaboración, escríbeme, te leo, y hablamos.

* Esta imagen está extraída de «Los proverbios flamencos», obra de Pieter Brueghel el Viejo .